Parte I : El detonante
Si mi vida era apacible y tranquila, de un minuto a otro se fue todo a la mierda, pero para qué adelantar hechos, vamos por partes, que en los últimos 3 meses mi vida se desarmó y se volvió a armar pero con nuevas piezas.
17 de agosto.
Mi adorado gato, que ya cumplió un año, tiene el poco carácter para aceptar que todos sus amigos gatos le coman la comida y se paseen por la casa. Nosotras, hartas con esta situación no sabíamos qué hacer, no lo podíamos dejar encerrado porque se vuelve loco y dejarlo todo el día en la calle nos daba pena. Pues bien, el día en cuestión, uno como cualquier otro, llegamos en la noche a la casa y me encuentro con uno de sus compinches. Inteligentemente me acerco para darle una lección y, antes de que se me arranque, lo tiro de la cola. PAUSA. Sé que es lo más estúpido que se puede hacer en la vida, lo tengo claro, pero en el momento me pareció una buena idea. PLAY. El gato, que es más avispado que el mío, no se quedó así no más. Para defenderse (cosa que yo también abría hecho) se dio vuelta y me enterró profundamente sus dos colmillos en mi mano derecha. Lo solté y salió corriendo despavorido conmigo detrás, con ganas ahora de patearlo, mientras me tomaba la mano y le gritaba a la os que lo atrapara.
Resultado: una semana en la clínica, 3 semanas de licencia y un forado en mi economía.
Me han dicho de todo, comenzando por las enfermeras que me decían gatubela. Me lo tomé todo con humor menos el dolor.







